El prestigio de la lluvia

La lluvia hace que mujeres y hombres se envuelvan en delgadas capas de elegancia para preservarse secos, dejando que las gotas de lluvia resbalen libres por ellos hasta asociarse con la tierra.
Una gabardina y un paraguas le sienta bien a quien los use.
Esas prendas son un espacio de blindaje amigable, respetuoso del tránsito líquido.
La cinta de la gabardina que abraza al cuerpo o, el cinturón clásico usado por legendarios y contemporáneos diseñadores, asemeja un pasillo transitorio que, una vez recorrido, se abre al llegar a la estancia que ofrece cobijo, confianza, certeza.
El paraguas, escudero, valet refinado. Su porte, máxime si es afilado y largo, lo mantiene hasta en el momento de secarse.
El prestigio de la lluvia también está en los elementos que la hacen resbalar.

Cajas

Gran parte de lo que fuimos, de lo que somos, y de lo que será cuando ya no seamos, se guarda en una caja.
Nos atraen las cajas porque dentro vienen los zapatos que han de ser estrenados con emoción; los chocolates en sus lustrosos y exclusivos nichos; los lápices de colores; en ellas también viajan las nuevas mascotas.
Las cajas nos gustan porque vacías de lo que un día fue su fundamental leitmotiv, se convierten en otra cosa, en lo que queramos o necesitemos: un arca para guardar cosas, un tapete, una nave estelar.
Siguiendo a Bachelard, los cajones, cofres y armarios sirven para clasificar los momentos vividos. Memoria e inteligencia -reserva insondable de los ensueños de la intimidad- no se abren a cualquiera ni se abren todos los días; lo mismo con un alma que no se confía, la llave no está en la puerta.
Cajas de cerillos para guardar un diente y de regreso, su recompensa. Cajas chinas y de música.
Cajas, cajones, que contienen nuestra vida, y después... a nosotros mismos.

Estiaje

A días de la entrada de un verano extremo, estiaje puro.
La canícula: tiempo de perros, según la astronomía.
Quizá queden sin oficio ‘Mesidor’ -mes de la cosecha- y ‘Fructidor’ -mes de los frutos-.
Solamente contratado -y replicado- ‘Termidor’ (mes del calor).
En universo íntimo, tus humedales, las gotas de lluvia... cítrica
Y uno que otro jugo.

Hay mañanas que no esperan


Para Maurice.

Ramiro Orellana, un profesor de matemáticas, relegado a un pequeño pueblo chileno, a orillas del mar.
El sacerdote del lugar le da hospicio; el buzo del lugar se hace su amigo, terminándolo de graduar de buzo, cuando solemnemente le coloca el batiscafo.
El profesor, junto con su amigo buzo, logran sacar un día un juguete, de madera quizá, de esos que por más que los empujes, no los derribas. Sólo se balancean. “Mono porfiado” le llaman allá.
Ahora se que la película lleva por título ‘La Frontera’; filmada hace poco más de quince años.
Encuentro una reseña al respecto, que enclava las piezas: una imagen a la vez tan poderosa y tan serena, de nuestra condición limítrofe, marginal. La frontera es metáfora de Latinoamérica. Metáfora de estos delgadísimos filos en los que vivimos y transitamos. Entre el ser y el no ser: libres, desarrollados, cultos, vivos o muertos.
En esencia, lo fronterizo nos atraviesa por el medio a cada uno. De allí nuestra frecuente pasión de muerte. El borracho apocalíptico anunciaba: ¡que viene el maremoto!, el amigo buzo tenía la hipótesis que esa agua venía de un hueco que quería descubrir; por eso siempre traía el batiscafo listo.
Un hueco que puede estar en las profundidades abismales de nuestro ser. La forma de escape de esa radical soledad, es buscar ese pasaje liberador, cruzando un Estigia, dejarse devorar por el maremoto, acercarse a la muerte.
Orellana fue dejado libre, sin embargo se queda relegado en esa frontera. Un maremoto político le había arrebatado su mundo anterior; otro, le vino a quitar hasta lo poco que halló en la frontera.
No le queda nada. Excepto esa tenaz utopía: en alguna parte debe haber un «hueco» para nosotros. Y para buscarlo somos como «monos porfiados». Nos golpean y volvemos a pararnos, nos arrastra el mar y de algún modo, al final, flotamos.
Hay mañanas que no esperan a seguir enterándose de qué va esta vida.


Finales felices

A quién no le vuelve el alma al cuerpo cuando, en una película, la tragedia va diluyéndose, presenciando la entrada triunfante de la felicidad para los protagonistas. Segundos después de que aparezca la leyenda Fin o ‘The End’, se nos quedará anidada la idea de que… fueron felices para siempre; con esa convicción nos incorporaremos del sillón del cine o del de casa, y nuestras vidas continuarán.
Las películas de Hollywood, en su mayoría, tienden a seguir ese ritmo en sus producciones: efluvio del capitalismo, del  ‘american way of life’. Hacernos testigos de la felicidad, que supone la eliminación de la tragedia. Se trata de potencializar una cultura de distracción, de entretenimiento, haciendo sucumbir la reflexión profunda que no es rentable porque implica demasiada contradicción, complejidad.
No obstante, los finales felices en la vida real no funcionan igual al de las películas. En éstas, se decía, quedamos convencidos de que así fueron, que realmente vivieron él y ella felices para siempre, certeza que se prorroga, incluso después de que aparecen en la pantalla los créditos.
Del otro lado de la pantalla, los finales felices no se consiguen tan palmariamente. Por eso la ilusión. Jean Baudrillard, filosofo francés, decía: ‘Existe algo más fuerte que la pasión: la ilusión. Existe algo más fuerte que el sexo o la felicidad: la pasión de la ilusión.’
En una charla de sobremesa de los escritores Rafael Azcona y Manuel Vicent, registrada en unas memorias, el primero decía que cuando quiso protagonizar una gran historia de amor, como de novela, el fracaso fue tal porque ni se moría él, ni ella, naufragando todo de mala manera.
Mientras Vicent refería que el amor nace de una dificultad: cuando surge algún obstáculo en esa base fisiológica, se sublima y se produce una especie de ensoñación sobre ese menester fisiológico (...) Todos los grandes creadores que han escrito sobre el amor son gente que no lo ha conocido. El ejemplo clásico es el de Dante y Beatriz. Dante no consiguió hablar nunca con Beatriz. Si hubiera conseguido hablar con ella, y no digamos si se hubieran casado, se habría acabado todo, incluida La Divina Comedia.
La idea que tenemos respecto a quien sentimos fue ‘el amor de nuestra vida’ se moja en la misma fuente. Suele coincidir que no fue, no se concretó, no se desgastó en los avatares cotidianos, por eso se sublima.
Acá en nuestra tierra ya se lo habían dicho a Josefinita en aquella memorable pirekua: ‘Ah que mundo tan engañoso, todo es un sueño, todo es una ilusión’.
Una ilusión de final feliz para nuestras vidas; una ilusión de que nunca sea muy tarde para algo que deseamos. Puede ser, porque es ilusión, y esa es la argamasa con la que trabaja diariamente el ser humano.
Todo desierto, hasta el de Trona, California, tiene en el fondo su espejismo. Que sea certeza en pantalla, e ilusión fuera de ella, ¡es la vida!.

Remontar

La entrada en escena (1961) Rene Magritte.
Remontar es un término usado en el futbol, vinculado a superar un marcador adverso.
Alude también a lo que pertenece a una época anterior lejana. 
Superar, subir, ahuyentar, recomponer.
El fray Thomas Connelly, en su magnífico ‘Diccionario nuevo y completo de las lenguas española e inglesa’, publicado por la Imprenta Real de Madrid, en 1793, refiere que el término remontar (to remount), proviene de la práctica de dar nuevos caballos a los soldados, en lugar de los que se han estropeado o muerto en el servicio.
Viene lo anterior a referencia, por los movimientos ciudadanos que en las últimas fechas se observan en varios países del mundo: España, Inglaterra, Egipto, México, &.
Si las políticas económicas no han funcionado; el diseño de las estrategias de bienestar social no han podido llegar a cada vivienda; la seguridad pública sucumbe ante la delincuencia organizada; la educación pública es deficiente; los programas de salud no cubren las necesidades de la población; hay que dejar de lado los caballos estropeados o muertos de los soldados, y dar (nos) nuevos caballos, para remontar.
Huérfanos de héroes contemporáneos, de visionarios inspiradores o grandes estadistas al frente, como  Konrad Adenauer -impulsor máximo del denominado ‘milagro alemán’-; sólo nos tenemos a nosotros mismos para proyectar, proponer, idear.
Una sociedad más activa y comprometida. Urgente. Fundamental.

Los piratas de Stevenson


Los piratas de Stevenson: 
muchachos con el torso decorado
por las agujas de las horas de mar muerto.


Vivir sin el tatuaje, refiere Vicente Verdú, es pertenecer rutinariamente a una moral del pasado: cuerpos benditos o virginales, superficies en blanco, aroma familiar. Cuerpos demasiado ingenuos correspondientes a una época que la especie trata de superar cambiando su inocencia por el pecado de la tinta y el beato vacío por el cover total.
El arte, al inicio, estaba inscrito en cuerpos y materiales. Más tarde los frescos, los mosaicos, los cuadros.
Los marineros de Cook iniciaron la tradición de los hombres de mar tatuados, y extendieron rápidamente esta afición entre el clan, a modo de distracción o evocación, en sus largas travesías.
Los japoneses marcaban con tatuajes a sus convictos para aislarlos socialmente.
En nuestro tiempo, la motivación para decorarse la piel no es para comunicar sus rangos, como lo hacían los espías griegos; tampoco para identificarse con el espíritu del animal que se dibujaba en la piel, como lo creían los egipcios; o, asegurar un entierro cristiano, como lo pretendían los cruzados, al hacerse tatuar efigies en la piel, lo hacen porque… sí.
¿A quién no le seduce la idea? hay un ‘pero’ mientras exista el compromiso de donante hacia los nuestros.

«En el muro quedaron los tatuajes del juego [...]
el código de agobios lo dejo para luego»
(Incitación, Benedetti).

Cercanía en cuatro estaciones

Empapada de rayos de primavera, con el verano develándose en la esquina, después de un perezoso invierno, esperaré el otoño, este año, de modo más singular que siempre; para bañar el alma en el aroma brevísimo del naranjo, en el crujir de las hojas de los parques, en la esperanza de lunas más hermosas, en el frío que hace recogerse temprano a casa; y en tu savia.
Delineo con los dedos en el firmamento la luna del cazador, del castor o de las largas noches.
En tanto, ante la certeza de los fuegos del alma y la sensación, atravieso el pasillo para encontrarte.

Consejo de Manuel Vicent

'El tiempo pasa tan de prisa cuando a uno ya no le pasa nada', dice el escritor Manuel Vicent, agregando que los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo.
Apunta Vicent que no existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria, que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria.
Lo mejor que uno puede desear son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina.
¡Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño!

Lo tribal por un balón

Fernando Torres, futbolista español que milita actualmente en el Chelsea FC,
de la Premier League de Inglaterra
Ningún contexto más propicio para encontrar rasgos tribales.
En el fútbol, los rostros de los jugadores, directores técnicos y afición, no se limitan a simples muecas; el dolor, el enojo, la alegría, la venganza, transforman los semblantes, llevándolos al límite de la sensación.
Y es un balón, compuesto de rodajas de caucho o vinil, el que despierta todas esas reacciones; basta que su dirección se enfile a la zona de la anotación, para que, de una y otra parte, en las gradas, en el campo y delante de los televisores, hombres y mujeres borren sus cotidianos talantes y se vuelquen en un intenso dolor o en una inmensa alegría, según se trate.
Aunque la derrota siempre es más elegante y estética que la victoria, bastará con un empleo de fuerza en el balón, para que se haga un viaje a la velocidad de la luz, hermanándose con la noche de los tiempos.
‘Somos los mismos, envueltos en novedad’, como reza aquella canción.

Ser pájaro

Ser pájaro para hacer del viento, trineo.
Desde una rama, cantarle al firmamento.
Ser pájaro para motivar los pinceles, los angulares, las manos en la arcilla.
Sucedáneo de aquellos parientes aéreos que inspiraron a doña Remedios Varo, a Magritte.
De ser llevado a una jaula, atendido por unas manos suaves, únicamente aceptaría quedarme si me llaman ‘Rumbo’.
Ser o soñarse, ¡Its a question!
R. Varo, 'Creación de las aves', 1957.


Cristal secreto

Cuando Enriqueta Ochoa (Torreón, 1928-2008) creyó irse, no sabía que jamás podría. Sus letras la convierten en arte vivo; poeta mexicana del siglo XX, inspirada por un credo, como Sor Juana; vehemente y llena de sensaciones, como sólo ella: Enriqueta Ochoa, a quien no ofende que sus palabras sean redirigidas por sus lectores a Eros; al llamado de la piel y las constelaciones.

Hacia el cristal secreto de los frutos
[...]
de tus labios bajan ríos de luz
hacia el cristal secreto de los frutos
y amanecen maduros.
Muchos hombres vienen al mundo
a buscarse un lugar.
Yo he venido en éxtasis desde el alba,
atraída al aroma que escapa de tus cestos,
pidiendo dormir entre tus frutos esta noche
para que mi corazón madure.

Éxtasis 2011

Cada realidad afín con sus intereses.
Inglaterra, proclive a las noticias rosas, tuvo en la boda real su éxtasis 2011; corrientes sensacionalistas y conservadoras convergieron en la amorosa historia de Guilermo y Kate.
El Vaticano, centro gravitacional de la religión católica, ávida ésta de no dejar ir fieles en tiempo de escándalos vergonzosos, organizó una celebración apoteósica para beatificar a Juan Pablo II. Su éxtasis 2011, porque no tendrá otro suceso de tanto fervor en lo que resta del año; menos aún con el ralo (rayano en inexistente) carisma de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), devenido de su pasado, presente o porvenir.
Estados Unidos, el caso grave, con la caza de Osama Bin Laden, tuvo su éxtasis 2011 a coro; la venganza.
Existen otros modos de fundirse, más dignos.
La imagen no tiene desperdicio.


Tar Baby

Percibiendo sublimados mis sentidos, pongo el separador en la hoja 46, pago la cuenta del café y, bajo la escalinata del viejo teatro, rompiéndose mi cavilación por un murmullo inesperado en su vestíbulo. Hay un concierto de la Orquesta Sinfónica de la localidad.
No leo el programa, quizá por eso me sorprenden las voces de Lakmé y Mallika, que se hacen tierra. La invitación de ir a recoger lotos azules, pasa del dialogo entre las figuras femeninas, para llegar a un violinista que, detrás de ellas, invoca, concentrado, seguir la corriente fugaz en el agua temblorosa, llegando al borde de la cúpula espesa.
El violinista roba mi atención desde ahí, en 'From the New World' (Dvorak), es su vigoroso movimiento el que me concentra; a decir verdad, son sus ojos cerrados; en el Concierto para Dos Violines en A menor (Vivaldi), ya estoy poseída por su cadenciosa vehemencia. Sigo sin ver sus ojos, pertrechados en unos cristales que a la luz rebota.
Afuera, aquel violinista impetuoso, se disculpa por el roce de su estuche.  
Interrumpiendo el dialogo dilatado, me dice que me quiere regalar algo, pienso en su violín y se me ocurre pedirle de Tchaikovsky, el primer movimiento del Concierto en Do mayor. No me deja enunciarlo siquiera, cuando saca de su maleta un saxofón.
Me dice: escucha mi versión de ‘Tar Baby’ (Sade): coordenadas: http://www.youtube.com/watch?v=uw63W7HBpgM
Contraída, recorro con mis manos mis piernas y, vuelve a mí la esencia de la última lectura antes de esta extraña vivencia.
"El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto" (Octavio Paz)
Invocando el ut, re, mi fa, sol, la, s, pedimos clemencia a San Juan, no para que sus siervos puedan exaltar a plenos pulmones las maravillas de sus milagros, disolviendo  los pecados de labios impuros; sino para que, la pureza de la savia ardiente que se derrama de las comisuras, haga del pecado, la carne que ‘Tar Baby’ devorará en la versión, que la noche más última se imagine.

Encuentros

Veneramos los amaneceres, como puente a más sensaciones; a las noches, como cajones que contienen a los sueños.
Veneramos desde ópticas paganas y lúcidas; o, mezcladas.
También a las cosas, los sonidos, las miradas y los felices encuentros.
Dentro de la vasta gama de veneraciones personales, un regalo de papel.
Se trata de un libro encuadernado en rústico, sobre ‘Gramática de la Lengua Castellana’; de Perlado, Páez & Cía. Madrid, 1911.
El catálogo de reglas de aquella época es un obsequio interesante;  su plus, las pasiones que quedaron como improntas en las hojas: flores disecadas y anotaciones de quien trazó en su libro su nombre: Pedro Ruiz S.

“Flor que perfume no tiene, ave que perdió sus alas…
¡Así son los corazones que laten sin esperanzas!

“Pasó… ¿no queda nada en ti de aquellas castas ilusiones
con que probaste mi alma fatigada?

Hora lejana…

Yo bendigo la hora en que por mi camino
Te enroscaste y me diste tus rosas y tus mieles.
Alabado por todos los siglos el destino que me ungió con la gloria
De tus sabios laureles.
[…]
Yo bendigo el destino y a la hora lejana que te puso en mi senda…”

Fiel veneradora, después de cien años, de esas efusiones, también alabo el radiante destino de los encuentros que se dan con letras.


Vía láctea

Puedo sentirte lleno de constelaciones en tu infinito, queriendo formar una vía láctea que ambos bebamos.
Puedo oler tu filo y reposo, que no olvida el sabor que genera la degustación de nuestras ansias.
Escucho los pasos en tu plexo solar, cómo se istman las pausas y los silencios.
Esa media sonrisa tuya, haciéndome creer que no te interrumpo, cuando los hilos del tema que trabajas se enroscan, creando esos continuos espacios para que me pose con todo y mis suspiros y aros, pasándome la mano por los labios, que se entreabren cada vez que te acercas.

'Le Concert'


La vida llega hasta donde quieran viajar los sueños, como lo muestra ‘Le Concert’ (2009) coproducción rusa, italiana y francesa, dirigida por Radu Mihaileanu.
Me resultan insuficientes los términos que se cruzan en mi cabeza para describir esta gran cinta; sólo acierto a decir que es un agasajo para los amantes de la música clásica o, para quien es sensible a los crescendos de la vida.
Padecí la historia, la construcción del sueño, resquebrajado por la informalidad de los personajes, una y otra vez; al final se disipó toda angustia, gracias a la magnífica ejecución del concierto para violín, opus 35, de Tchaikovsky, y al talento de quienes hacen obras que acarician al espíritu.
Un fragmento, no el final.

Cualquier forma que funcione...

“Hay que aprovechar cualquier placer que encuentres en esta cámara de los horrores”.
Boris Yellnikoff, durante la cinta, pronuncia un sinfín de frases dignas de rumiar. Y cómo podría ser distinto, si es el alter ego del genial Woody Allen -escritor y director-.
‘Whatever Works’, traducida como ‘Si la cosa funciona’, (Cualquier forma que funcione); es una producción de 2009, protagonizada por Larry David, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, entre otros.
Boris, malhumorado y sarcástico, muestra cómo se puede vivir, a pesar del contexto.
Los tópicos, esa mejor manera de decidir algo;  los gérmenes y el ‘cumpleaños feliz…”; y esa impecable fórmula de mostrar que todo es posible, si eso es lo que le funciona a cada personaje de la cinta.
La banda sonora es fascinante: Kiessling, Tautz, Gleason, Beethoven, Getz (¡!), Byrd y así.
Me reconozco en Boris: tengo momentos en los que siento que el género humano es lo peor que le ha sucedido al planeta; que la derecha es el lado más equivocado; que las últimas palabras de Kurtz en ‘El corazón de las tinieblas’ (¡El horror! ¡El horror!)  son el testamento moral de aquella sombra que Marlow sólo recuerda como una voz que sube de la pesadilla y de la niebla de su propia conciencia.
También, como Boris Yellnikoff, que el factor azar en la vida, es algo inconcebible (maravilloso, agrego).
Buscaré desde ahora ‘You will meet a tall dark stranger’, para no estar tan desfasada.

Gotas




Gotas pletóricas que danzan alrededor de la diosa Flora; intuyo que el ritmo que en secreto siguen, es una de las danzas húngaras de Brahms.

"Si las mieses cuajan bien las flores, habrá era rica; si cuaja bien la flor de la viña, habrá vino;
si cuajan bien las flores del olivo, el año será muy fértil. (…)
La miel es regalo mío, yo soy la que convoco a los insectos que producirán la miel a las violetas, los codesos y los tomillos blanqueantes. (…)”

(Flora hablando, a través de Ovidio)

Jacarandas



Panteón municipal de Morelia; tarde de abril; en buena compañía.
 
Alfombras para el piso
Bengalas para el cielo.